Por: Horacio Galindo Castillo

– “A usted papaíto nunca le salió la llorona?”

-” No mijito; los fantasmas no existen; aunque pudiera darse el caso de que algunos vivos, muy vivos, se aprovecharan de ellos para dejar solitaria alguna calle propicia mas que al robo, a la aventura”.

Sin embargo, alguno de mis hermanos mayores, cuando mi padre dejó de salir por las noches y el se volvió asiduo parroquiano a la tamalera (con todo y la esclavina del autor de mis días), regresó a casa tan asustado, que mi madre tuvo que darle una taza de agua de braza apagada, y yo, aun no he olvidado el apasionante relato que hizo, del peliagudo lance que a punto estuvo de dejarlo sin habla.

la-lloronaAcababa de doblar el crucero de aquella temerosa calle de la tamalera y transitaba ya por el callejón cuando oyó en dirección de El Calvario, el terrífico grito de La Llorona: Ay! Juan de la Cruz!

– Porqué Juan de la Cruz? – pregunté inmediatamente a mi madre. – Porque fue una muchacha muy linda que cometió el error de enamorarse de un hombre con esposa, y por ello sufrió el castigo de ir penando noche a noche en busca del seductor, que fue llevado a los infiernos. Vaya! -dije- Qué delicados eran entonces! -Pero calla – prosiguió mi madre- y deja que tu hermano acabe de contarnos lo ocurrido.

Pues bien, llegaba yo felizmente a la esquina de don Evaristo Sosa, en cuyo poste brillaba un foco del alumbrado. Aquella oportuna claridad, le dio ánimos para echar un medroso vistazo hacia atrás. Vio entonces en la esquina que acababa de cruzar, algo así como el velo blanco y vaporoso de una desposada. Parecía surgir del cielo y se fue alzando silenciosamente, hasta alcanzar la altura de los techos vecinos.

Mi hermano comenzó a sentir la lengua pastosa y cada pie se le fue pegando al suelo, igual, igual que si calzara botines de plomo. Pero en ese instante empezó a sonar el clarín del corneta, que desde el último piso de la torre del reloj exhalara su vibrante y alargado tu…tu…ruuu…tu…tu…ruuu!!! Estaba pues en tiempo! Y así, no había derecho! Lo que permitió poner pies en polvorosa y ganar a velocidad de campeón olímpico, el anhelado zaguán de casa y zarandear el picaporte de mano de león, todo bañado en un sudor muy frío.

La-Llorona
Escena de la película “La Llorona” 1933 · Imagen con fines ilustrativos.

A mi tío el Coronel, fue otro fantasma el que se le apareció, mientras se hallaba precisamente en el ejercicio de las armas. Era por entonces Mayor de la Plaza de la Cabecera, y fiel cumplidor de sus obligaciones, había dado en la costumbre de capitanear a ronda que noche a noche y con los fusiles a la bartola, recorría las calles apacibles de la población.

En el curso de una de las tales vigilancias, acertó a pasar por la calle real del cementerio, entrando así automáticamente aunque sin darse cuenta, en los dominios de otro de los señores de la noche y el misterio. Allí estaba por cierto tamaña autoridad, sentada tranquilamente al borde de la banqueta. – Vaya usted Sargento a averiguar que hace ahí ese perro tan grande y tan negro, sentado en la acera con el aire de que fuera un vecino tomando el fresco!

Pero ya el corpulento animal se acercaba a ellos moviendo la cola en señal amistosa, aunque para mantener el incógnito, lo hiciera caminando con los ojos cerrados como puños. Confiadamente se dejó examinar por todos los individuos de la tropa. – Es un perro de San Bernardo comunal de Don Arístides Sosa -opinó el Cabo. -Yo más bien creo que es un ternero -replicó el Sargento- Un ternero grandote o sea un torito algo pequeño!

– A ver! terció mi tío el Coronel. – Parece robusto; manso por añadidura. Veamos si puede conmigo! Y montó con espada y todo sobre los lomos de la bestia. Al punto, ésta echo a correr llevándolo encima con igual soltura que si se tratase de una pluma.

Y como tomó la calle de El Boquerón que siempre está mal alumbrada, tuvo que encender sus silvines delanteros a fin de alumbrarse el camino. Mi tío a pesar de ser un militar valeroso, vio con espanto que la luz de aquellos fanales era roja. – Entonces -pensó- no era un perro, sino que me está llevando el Cadejo! El proceloso canídeo debió leer su pensamiento porque al punto se apresuró a decir: Afirmativo mi Coronel! Afirmativo!

Y sin aminorar la marcha, se puso al trote largo, con lo que mi tío creyó llegada su última hora. Ningún auxilio podría esperar de sus atónitos acompañantes, temerosos de disparar los ratacos, no fuese a hacer blanco en el jinete en vez de hacerlo en su montura. Mas el Cadejo se apresuró en este punto a tranquilizarlo: “Recién me doy cuenta que usted no es católico, sino evangelista, y contra ustedes no tenemos pleito alguno. Conque sírvase perdonar el susto, y que tenga usted muy buenas noches”. Y sin más preámbulo lo tiro de cabeza en un basurero.

Siendo yo un arrapiezo de pocos años, le pregunté un día al marcial y apuesto hermano de mi madre: -Es cierto tío Juan, que a usted lo espantó el Cadejo? -Tonterías! -me respondió- Quién te lo contó? -Me lo contó un pajarito… -Pues dile a tu pajarito, que más parece una pajarito a la que te pareces mucho, que si en lo tocante a esta patraña vuelve a abrir su piquito, etc, etc, etc.

Mas el hecho es, que un vivo carmín coloreo sus mejillas y discreto temblor espelucó su blanco y bien recortado bigote.


Dr. Horacio Galindo Castillo (+) · Fue un escritor y poeta Huehueteco. 

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