Por: Horacio Galindo Castillo (+)

En estos lustros brillantes de los vuelos espaciales y los avances cada vez más sorprendentes de la tecnología, pocas son las personas que aún creen en los bistros, larvas y duendes que antaño ponían su poética borra de emoción, en las encrucijadas sombrías.

Ahora, nadie ha vuelto a estremecerse oyendo en alguna solitaria historia esquina, el escalofriante alarido de la llorona que según la tradición, mientras más lejos se le escuchaba era inequívoca señal de que la viuda desolada rondase más cerca del aterrado transeúnte, a quien por tradición también, se le pegaba la lengua en el paladar y se le volvían los pies de plomo.

El fantasma de Margarita · Gwen Raverat  Grabado en madera. Unicamente con fines ilustrativos.
El fantasma de Margarita · Grabado en madera. Unicamente con fines ilustrativos.

Epoca ya olvidada de los faroles son mechero de aceite, que alumbraron las calles solitarias de mi pueblo en sus calladas noches. Epoca ya preterida en que los caballeros de entonces portaban aun la esclavina, y los últimos espadachines de oficio ganaban su pan cotidiano, dando a tanto mas cuanto, lecciones de esgrima rezagadas de tres siglos enteros. El poético Huehuetenango de aquellos buenos tiempos, estaba dividido en varias zonas fantasmales a saber:

1a) La de “El Cadejo” que operaba en El Boquerón y las Cinco Calles (ahora 6a Avenia y 7a Calle Zona 1) y cuyo usufructo se extendía por el camino de Canshac y El Marquesote, los aledaños del Hospital General Antiguo y la mitad sur del cementerio.

2) La de “El Sombrerón”, cuyos dominios comprendían la empinada calle que pasa frente al domicilio de don Jacinto Sosa -de la Escuela Salvador Osorio hacia la pileta municipal- (2a Calle, desde la 7a Avenida Zona 1) – el camino del Hipódromo, el viejo rastro de ganado mayor y la mitad norte del cementerio de la ciudad.

3) Se mostraba “La Siguanaba”, por el puente del copan barrio de Minerva.

4) Eb a jurisdicción de El Calvario, sentaba sus reales “La Llorona”.

Había además otras demarcaciones menores: Por el puente del Río de la Viña, pasaba a trote largo en noches de Cuaresma, la mula sin cabeza y atrás del cimbreo de la iglesia parroquial, era frecuente oír en el silencio de las altas horas, los topetazos que se daban dos machos cabríos, siempre empeñados en diabólico torneo de arremetidas y golpes.

Grato sería pormenorizar tantas historias relacionadas con los queridos fantasmas de mi pueblo; por ejemplo la de Ricardo Gálvez a quien cabe a un balcón de la calle de don Cupertino, El Sombrerón birló el reloj, pistola y billetera; aunque a bien vistas las cosas, esta hazaña seguramente fue perpetrada por un sombrero  de pacotilla, dado que aquí nadie ha puesto en entredicho la reconocida honorabilidad de los espectros, respetuosos todos de la propiedad privada. También podría contar la nocturna aventura de Macario Pascual a quien su mula tiró al suelo, apenas vio a la idem sin cabeza.

Ilustración de Diego Mayorga®
El Cadejo · Ilustración de Diego Mayorga®

Pero estas viejas historias que pocas personas creen aun, resultarían menos curiosas que aquellas que por haber sido contadas por sus propios protagonistas, fueron en los primeros años del presente siglo, el tema favorito de las conversaciones, sobre todo en las que en las noches de velorio congregaban gran multitud de oyentes y parecían tan ciertas que la mayoría de los contertulios al emprender el regreso a casa, procuraban hacerlo en compañía de uno o dos amigos, no fuese a aparecérseles por casualidad, algunos de los fantasmas mencionados en las sabrosas pláticas.

Pocas son, repito, las personas que todavía creen en los espectros y aparecidos; pese a que en la actualidad, hay cierta tendencia a esclarecer los hechos inexplicables, al extremo de presentarse bajo la apariencia muy madura de investigaciones serias y aún científicas, la catalogación y el estudio de casos sucedidos que desde que el mundo es mundo han intrigado a la imaginación popular.

Sujetos pues al esclarecimiento, me es grato exponer aquí uno de los sucedidos que con mayor emoción e interés se oyeron contar en las tertulias de aquel Huehuetenango romántico, cuyos vestigios se han borrado día tras día.

Mi padre hablaba frecuentemente, de la pintoresca pendiente que baja de El Calvario hacia el mercado municipal y que aun conserva sus aleros y viguetas del tiempo de la colonia. Fue porque ahí existió una tamalería que todas las noches era frecuentada por él y muchos de sus amigos.

En aquel humoso establecimiento cuya propietaria era conocida con el nombre de “Chica Taca” se servían los tamales negros y colorados mas sabrosos del mundo. Mas si bien a las siete u ocho de la noche, sillas y bancos -porque no había siempre sillas para tantos- desbordaban de parroquianos, era algo raro que alguno de ellos se quedara después de oír el largo toque de silencio, que una corneta de la guarnición entonara con gran sentimiento a las nueve en punto de la noche y desde los cuatro extremos cardinales de la torre del reloj; porque después de aquella hora, la llorona se encargaría de apurar el paso de los rezagados, cuando no se dispusiera dejarlos inconscientes sobre la grada de alguna puerta.

Donde andan los espantos. Segunda Parte


Dr. Horacio Galindo Castillo (+) Escritor Huehueteco

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