Allá por la década de los años 60, en el Huehuetenango de las fotografías blanco y negro todavía, camino y saludó por las apacibles calles de la cabecera departamental, un personaje bastante auténtico y por ello singular y único. De los personajes que viven en su día a día la simple propiedad del “ser” lo que se es. Sin vacilaciones. Y éste lo fue, el humilde pastor Teodoro Moreno. Mejor conocido en el mundo de las historias locales como “Toyoyo Moyeno”. Desconocido para las generaciones que dieron los primeros pasos después de los años ochenta. Pero recordado por los que ahora son las generaciones mayores y eventualmente por quienes tuvieron la fortuna de tener padres y abuelos que relataron la historia.

toyoyoretratoToyoyo Moyeno, para quienes nunca escucharon hablar de él, fue un pastor que se paseaba por las calles de la ciudad acompañado siempre de un rebaño al cuál guiaba a través de las contadas calles y avenidas del Huehuetenango de antaño. Por ello se hizo conocido entre todos los habitantes de la ciudad que en aquellos años aún no veía circular gran cantidad de vehículos.

La celebridad de dicho personaje aumentó después de que protagonizara lo que fue un inesperado pero cómico pasaje durante la representación del calvario de Jesucristo, en la Semana Santa. Y según la tradición oral de las historias de los abuelos, lo que relatan que sucedió fue lo siguiente.

Toyoyo Moyeno, era no solo de un corazón noble y servicial sino que también un alma amigable y sencilla. Platicador y saludador como pocos, sin diferenciar credo ni estatus. El no sabía de esas cosas. Llego al mundo con la desventaja no solo de la pobreza sino con problemas físicos en el habla, lo cual difícilmente era tratado en aquellos tiempos. Esto sin embargo no parecía ser un problema grave para la personalidad de éste personaje. El mote con que se le conoce “Toyoyo Moyeno” (Teodoro Moreno) proviene precisamente de la dificultad para pronunciar su propio nombre cada vez que alguien se lo preguntaba.

Sumergido en su propia labor de pastoreo, don Teodoro sin embargo desarrolló una capacidad para ganarse la simpatía de los transeúntes, esto por las continuas conversaciones que mantenía con su rebaño de vacas. Algunas de sus frases célebres, que se grabaron el la mente de los parroquianos fueron: “Bajáte de la aceya, puya señoyita pareces!”, “Solo la cayteyita te hace falta vos!”

Hubo un tiempo en el que Toyoyo quiso formar parte del grupo de teatro que representó la crucifixión durante la Semana Santa. Aquellos actos se realizaban entonces en el parquecito del Calvario. Como ha sido costumbre, quienes representaban al Cristo y los ladrones bueno y malo, eran atados a las cruces y elevados a unos 4 metros de altura, frente a la fachada de la Iglesia del Calvario.

En una de esas representaciones, y muy probablemente la última donde participó, a Toyoyo le sucedió lo que dio origen a la anécdota que el pueblo jamás olvidó debido al inesperado desenlace de su aparición. Cuando la obra de teatro seguía su curso normal, luego de caminar por las calles, como es sabido los protagonistas fueron asegurados a las cruces y posteriormente elevados frente a la iglesia. Todo el público presenciaba con atención el acto, que era un evento importante para la ciudad en aquel tiempo. Quien representaba el papel de Jesucristo se disponía a iniciar con las frases históricamente conocidas, nadie había reparado en el incómodo ladrón malo que solo hasta entonces no pudo contenerse y ante la sorpresa de todos habló con voz urgente: “Bájenme! Bájenme que me oyino” Todos empezaron a reírse. Y Toyoyo, libre de formalismos y protocolos respondió al ver la reacción pública: “Bájenme pisayos!” “Bájenme!” “El otro año cueygan a sus mayes!” Imposible, dicen quienes aún lo recuerdan, era contener la seriedad ante inesperado evento. Lo que pasó después era lo de menos ya que éste momento fue el que se grabó en el recuerdo de los abuelos.

Obviamente, la popularidad de Toyoyo aumentó después de éste suceso, sobre todo en el histórico barrio de Minerva, por Las Marimbitas y en Los Colchones, lugares aledaños a donde Toyoyo vivió. Seguramente nadie de los que presenciaron la anécdota, la ha olvidado. Estas historias, contaban los abuelos.

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