Por: Mauro Guzmán Morales

El día de San Alejo es el 17 de Julio de cada año. Se cuenta que a principios del Siglo V. en Edesa, Siria, vivía un mendigo que pedía limosna en la puerta de las iglesias y la compartía con otros miserables contentándose con lo que le dejaban sus compañeros. Cuando murió lo enterraron en la fosa común, más cuando se supo de su vida de entrega a sus iguales, se ordenó la exhumación pero solo encontraron los harapos con que se vestía el cuerpo “del hombre de Dios”, como se le llamaba, no se supo nada.

San Juan Ixcoy, el pequeño y pintoresco pueblecito anclado en los Cuchumatanes vivió la noche de San Alejo en 1898.

El 17 de Julio de 1898 se vivió una de las tragedias más grandes que registra la historia de estos pueblos. Todo tuvo como causa la voracidad de los habilitadores de mozos para las fincas. Con aquello de “dos que me debes y cuatro que te apunto”, los indígenas del lugar vivían endeudados con estos inescrupulosos señores al punto que toda esa gama de fraudes, violencias y las odiosas cargas de los ladinos, colmo la paciencia de los habitantes del lugar.

Esa noche, los ladinos dormían confiadamente sin siquiera imaginar lo que se les venía encima. Los indígenas, después de minuciosos preparativos se vinieron en turbas enfurecidas sobre las casas de los ladinos y procedieron ferozmente a asesinar a mujeres, niños y hombres no dejando a nadie vivo o casi nadie en la tremenda cacería.

Allí murió el capitán Macario Cifuentes y compañeros quienes se conducían a pie y a caballo para la cabecera. Murieron habilitadores y comerciantes que se quedaron a dormir en el corredor del edificio municipal. Verdaderamente el suceso causó la ruina de este pueblecito. Aunque parezca increíble solo uno se salvó de la trágica hecatombe. Se llamaba Javier Escobedo, de los Escobedo que a finales del siglo XIX vivían en San Juan. Lo curioso de todo fue que Javier a pesar de ser sordomudo, era muy inteligente, tanto que al enterarse de lo que acontecía, sigilosamente se ocultó detrás de la imagen o estatua de luto de tamaño natural, del San Juan que se veneraba en la Iglesia del lugar.

En silencio Javier permaneció detrás del santo hasta que consideró que el peligro había pasado. Sólo entonces salió del escondite y en su lenguaje de señas y gruñidos contó lo sucedido a las personas que iban llegando al pueblo. La reacción del gobierno que no se hizo esperar fue dura y tremenda. Los indígenas se huyeron a los montes y una gran cantidad de ellos, temerosos de las represalias se dirigió a la aldea de Tixap que debe su nombre a un hoyo enorme que existía en el lugar y que aún se ve. Allí se despeñaron purgando así lo que bien puede llamarse desde entonces como la Matanza del Día de San Alejo o la muerte en la “boca del hoyo”, traducción literal de Tixap.

Contaban los ancianos descendientes de los ladinos que fallecieron en aquel doloroso acontecimiento, que la noche del 17 de Julio de cada año, en la boca del hoyo de Tixap se escuchan angustiosos quejidos, estertores de la muerte. Se cuenta que son las voces de ultratumba del gran número de indígenas que se despeñaron huyendo de las duras represalias de que fueron objeto. Debe reconocerse, eso sí, la inteligente acción de Javier Escobedo, el único ladino que quedó vivo en lo que fue la tremenda Noche de San Alejo.

Queda la duda que si al escarbar en el hoyo Tixap se encontrarían los huesos de los suicidas o solo los restos de las pocas ropas que poseían, dadas sus precarias condiciones económicas tal como sucedió en el caso de San Alejo, “el hombre de Dios” con cuyo nombre me he permitido titular esta historia con visos de leyenda, y que hoy he contado a mis lectores.


 

Prof. Mauro Guzmán Morales · Escritor e historiador.

Artículo publicado en Nosotros la Gente de Huehue en el año 1998.

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